Cristina quedó en franca minoría y ya nada depende de ella

Después meses de hostigar al presidente Alberto Fernández y a su ex ministro de Economía, Martín Guzmán, la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner quedó más desnuda que nunca. Ni ella ni su hijo Máximo pudieron reemplazar a ninguno de los expulsados por su diatriba por ninguno de los suyos. No porque no pasaran algún filtro económico, sino, sinceramente, porque no tenían a nadie para poner ahí.

Su embajador en el sistema político institucional termina siendo Wado de Pedro, un verdadero canciller del cristinismo camporista en el mundo institucional. El resto prefiere convivir en las fronteras del organigrama político o, directamente, se queda en las trincheras mascullando bronca porque nada de lo que ellos proponen o piensan para el país es aplicable no solo en Argentina, sino en cualquier otro sistema democrático.

Si algún exfuncionario de Cristina Fernández de Kirchner que la acompañó hasta 2015 en su última presidencia tuviera que elegir a cualquier ministro para designar, nunca lo hubiera elegido a Sergio Massa. No por lo que dijo, sino por lo que hizo y piensa. No cree en la doctrina Zafaroni y mucho menos en el lawfare, casi una biblia para la mayor preocupación de la vice, las causas judiciales que le siguen desorientando.

Mucho menos cierra su vínculo con los Estados Unidos, sus grupos empresarios y políticos. Estos son las antípodas del credo cristinista. Pero todo eso termina cayendo en el baúl de los recuerdos ante el altar del pragmatismo. «Quedémonos quietos a ver si éste la pega y después volvemos», parece ser el lema de los extremos que hoy se mantienen en silencio y no recuerdan que él representa sólo el 11% del Frente de Todos. Sólo el 4% era el nonato albertismo.

«¿Qué loco no? Que los dueños de la mayoría del frente no tengan un dirigente, un potencial ministro, una cara para presentar. Mucho menos un plan, por supuesto, ya no pedimos tanto», ironizaba uno de los que primero tuvo que irse del Gobierno porque nunca podía creer que nada de lo que proponía Alberto Fernández podía progresar porque Máximo o el Instituto Patria, «según quién se enteraba primero», tiraba la bomba paralizante.

En estos momentos todos dependen de Sergio Massa, de su arrojo, de su preparación y de su audacia. También quedan a merced de su prepotencia y permanentes gestos de autonomía. Si Alberto Fernández lo hubiera convocado antes, quizás él hubiera sido su socio sostén. Y hasta al futuro ministro de Economía eso le sería más que conveniente. Ahora debe tener en cuenta las opiniones de la vice quien fue, en definitiva, quien le permitió su ingreso a los virtuales «super poderes».

Que un dirigente político se haya hecho cargo de la economía dejó en claro que el problema era «político, y no económico», expresó un funcionario que siempre dijo eso. Que no era cuestión de plata, sino de presencia. Lo que mostraba el Gobierno era solo desorden y un furiosa guerra interna.

«Lo que viene es un nuevo peronismo y Massa es nuestra síntesis», se entusiasma y se ríe como un chico un kirchnerista camporista que siempre lo quiso. Es que después del menemismo, el duhaldismo, el kirchnerismo, nunca nació el albertismo, pero puede surgir el massismo. Y para repartir futuro, el exintendente de Tigre es un especialista.

Desde los 15 años transita los diferentes niveles de la política. Empezó como asesor en el Concejo Deliberante de General San Martín, militaba en la UCEDE pero en su rama más «popular», si la hubiera tenido. Vivía visitando todos los bloques de la época, el peronista, el radical y hasta el PI. Conoce a todos, sus humores, sus deseos y necesidades. Él cree que tiene tiempo para cumplirle a la mayoría en esta nueva etapa.

«Pero hay un problemita», dice un viejo dirigente provincial. «Ya todos vimos que ella no vino mejor ni más buena. Nada que signifique éxito ajeno la tendrá a ella como aliada». Ese es el mayor desafío que tiene el nuevo integrante del Gobierno nacional. Terminar de hacerle entender que no hay más garantías para su libertad que el éxito de su plan económico, aunque este sea racional, occidental y «pro yankee».

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